Para poder comprender lo que ha pasado en el Marabana 2018, tengo en primer lugar poner claro que en esta ocasión no era ir a un lugar a correr un maratón, esta vez era ir de vacaciones y durante las mismas había un maratón. En segundo lugar La Habana ha tenido, tiene y tendrá un lugar privilegiado en mi corazón, por muchas razones, y poder disfrutarla durante ocho días era prioritario.
Dicho esto, el domingo 18 de Noviembre, aún de noche, La Habana abría sus calles a mis pasos hacia la salida, eran las 6 de la mañana y la temperatura rondaba los 28 grados con una humedad por encima del 90%, al poco de salir de "El Cuarto de Tula" donde me alojaba, iba empapado en sudor, y sólo iba paseando hacia el Capitolio, donde estaba la salida. Bajando por la calle Neptuno, bulliciosa calle de Habana Centro, que a esas horas me rodea de un silencio casi mágico. Entre el calor, la humedad y el silencio de la noche habanera, comprendo que en esas circunstancias no merece la pena jugarse 42 kilómetros de un sufrimiento angustioso, mi frente empapada en sudor, el cielo completamente despejado que augura un sol de justicia y la ausencia de brisa alguna.... confirman esta decisión. Media maratón también está muy bien y disfrutarlo aún más.
Así es que con la decisión tomada llego al Parque Central, donde ya se respira el ambiente de atletismo puro, sin pretensiones, multitud de corredores llevan el dorsal de 10 kilómetros, a los que se les ve primerizos, con nervios a flor de piel y miradas cómplices con sus colegas. Algunos que portan dorsales de Media Maratón, se les ve concentrados, afinados, sabiendo que que van a darlo todo en esos durísimos kilómetros y, finalmente los dorsales de maratón, aquí me parece ver dos tipos de conductas, los que van a por premio y con caras serías y concentradas miran de soslayo a sus rivales y de vez en cuando al cielo en busca de alguna nube que suavice lo que se les viene encima y, los que vienen a terminarla que entre bromas dejan escapar sus temores y sus esperanzas.
El Gran teatro de La Habana y el Capitolio, se asoman, curiosos, de ver aquella multitud de personas en zapatillas, camisetas y pantalones de correr, una gran masa multicolor, encerrados en los cajones de salida a la espera del disparo de salida, una rápida cuenta atrás y el pardo sonido de las suelas de las zapatillas golpeando sobre el asfalto tapan el sonido de sones, salsas y boleros, por unos instantes en La Habana sólo suenan sonidos relacionados con el esfuerzo personal de cada uno.
La carrera sale disparada hacia el Malecón, pero antes da un brusco giro en busca del Museo de la Revolución, para quien esto significa algo, es muy emocionante pasar corriendo a escasos metros del "Granma", mítico barco unido a la Revolución de los Barbudos por derecho propio. Finalmente sales al Malecón, la sensación es la de estar corriendo por uno de los paseos más míticos del mundo, a un lado el Caribe, con sus azules topacios de mil matices y al otro lado las casas de principios del siglo XX, en muchos casos devastadas por el implacable paso del tiempo y de la fuerza del propio Caribe. El sol en todo lo alto de su cúpula azul, se empeña en subir las temperaturas 7:20 de la mañana y 32º, y según comentan la humedad pasa del 90%. En previsión de lo que se avecina se ponen puestos de agua cada 2 kms. El Malecón se hace eterno, pero finalmente es vencido por el paso de mis piernas y tras un giro de 180 º volvemos para adentrarnos en el Vedado, un barrio que reúne los hoteles más míticos de La Habana, junto a casas señoriales de finales del XIX, hoy ocupadas por modestas familias trabajadoras y oficinas y ministerios oficiales. En esta parte se encuentra la primera cuesta del Marabana, una cuesta larga y poco tendida que nos lleva a los muros del cementerio de Colón, al que bordeamos en busca del parque zoológico, en este punto (km 10, que a la vuelta será el 31), pienso que entre esos muros debe estar esperando el tío del Mazo y nunca en mejor entorno, el muy desgraciado. El ambiente durante la carrera es maravilloso, pese al calor y a la dureza del recorrido el espirítu habanero de alegría y chanzas es imparable. Es difícil no dejarte enredar en sus "conversaderas" y pasar algunos metros departiendo con cubanos, mexicanos, venezolanos e incluso australianos. Finalmente tras otra fuerte cuesta llegamos a la ciudad Deportiva, quizás la zona más dura, unas avenidas anchas, sin animación, y sin sombras ni viento, se hacen eternas, en este tramo hacemos un grupo de entre siete u ocho corredores, que nos vamos turnando en cabeza y vamos comentando por lo que queda, por lo que hemos pasado, etc, así se pasan estos durísimos kilómetros en los que corremos como por un solarium... Un chaval que rueda a mi lado me dice: "Todo esto se nos pasará en un par de kilómetros, cuando nos miren el Che y Camilo, debemos rodar como si fuera el kilometro 1".... En este punto la humedad hace que el reproductor mp3 deje de funcionar, el cacharro está sudando también la gota gorda (je je je). Mientras me quito los cascos, aparece ante nosotros la Plaza de la Revolución, con las imágenes del Che y Camilo, y la estatua de Martí.... efectivamente, ante ellos no podemos desfallecer, por respeto debemos dar todo lo que tenemos como nos mostraron ellos, volvemos a subir el ritmo y nos dirigimos ya hacia el final de la media. Estamos en el 18, a tiro de 3 kilómetros, y son los 3 kilómetros que te llevan directos hacia la Habana Vieja, que no la pisarás pero sabes que está ahí con sus callejuelas, sus bares, sus gentes y su historia....Cuando parece que vas a adentrarte en ella giramos a la izquierda y enfilamos definitivamente hacia el Capitolio, que con paciencia infinita, se muestra orgulloso de los que ante él se detienen para cerrar sus 21 kilómetros o continúan hacia la mítica distancia. Yo por mi parte soy de los primeros, he sudado como no recuerdo haberlo hecho nunca, tengo la sensación de no tener ni una gota de agua en mi interior, pero muy contento con la experiencia, con haber vivido las calles y las gentes de este Maratón tan duro como especial.... El tiempo final, que poco importa porque el disfrute ha sido más importante que los ritmos, es de 1:54:10, pero sobre todo es saber que puedo seguir paseándola en compañía de "mi Esther", a la que me encuentro esperándome en el Malecón y que vuelve a reconfortarme con sus besos y abrazos, sin preguntarme por marcas ni distancias..... y estos besos y abrazos no tienen precio, por lo menos para mi.
No tengo ninguna sensación de fracaso, al contrario, siento que he hecho lo que debía y he disfrutado de La Habana, fuera ya del Maratón, con toda la intensidad que esta ciudad te puede ofrecer y os aseguro que, por lo menos a mi, me parece que ofrece mucho, aunque como ya he dicho no soy parcial con ella, porque me ha ganado el corazón......
Quizás, y sólo quizás, tenga una nueva oportunidad de vivirla, y ese caso lo tengo claro:
No sabré ni querré decirla "No".




